Llega barbilampiño a las 8 a trabajar.
Sale ojeroso, con bigote y yo juraría que más delgado.
Ahí se va un hombre devastado a que alguien recoja lo que queda.
Y todavía sigue pensando que él elige.
Soy lo que me excita, me emociona y me provoca asco hasta la náusea.
Lo que me envuelve y me aterroriza hasta que siento calambres en las manos.
Soy la piel erizada, el llanto incontrolable. La lágrima que no aparece.
El dolor punzante y profundo. El ronroneo ante el placer.
La explosión.
Soy el músculo tensionado, el desvío de mirada, el calor inoportuno.
Y lo que hago para seguir adelante.
Me pareció raro porque no hablaban.
Iban de pie, en una esquina del bus, abrazados, pegados el uno al otro al 90%.
Se miraban y se cogían las manos. Se acariciaban imperceptiblemente los dedos con los dedos.
Así todo el trayecto.
¿No tendrán nada que decirse?
¿O es que no tienen que evitar con palabras el abismo?