La miraba como si se le hubiese aparecido la puta virgen de Fátima. Él, ateo convencido,
que se había desentendido del protestantismo puritano de su madre y del catolicismo cínico de su padre, y, por lo tanto,
vivía libre de cualquier rito, rezo, imagen, rosario, procesión y superchería, hubiera levantado un altar en el lugar que se conocieron. De esos ostentosos llenos de objetos de mucho valor y poco sentido. Con grandes columnas y una gran estatua central que intentara captar su esencia a través de su belleza. Así tendría dónde peregrinar cuando quisiera agradecer a las circunstancias la causalidad de haberla encontrado. Tendría un refugio donde poder hablar de ella y dejar de cansar a sus hastiados amigos. Donde bendecir lo lejano que había quedado lo que él creía que era la vida. Donde quedase constancia eterna de la existencia de los milagros.
que se había desentendido del protestantismo puritano de su madre y del catolicismo cínico de su padre, y, por lo tanto,
vivía libre de cualquier rito, rezo, imagen, rosario, procesión y superchería, hubiera levantado un altar en el lugar que se conocieron. De esos ostentosos llenos de objetos de mucho valor y poco sentido. Con grandes columnas y una gran estatua central que intentara captar su esencia a través de su belleza. Así tendría dónde peregrinar cuando quisiera agradecer a las circunstancias la causalidad de haberla encontrado. Tendría un refugio donde poder hablar de ella y dejar de cansar a sus hastiados amigos. Donde bendecir lo lejano que había quedado lo que él creía que era la vida. Donde quedase constancia eterna de la existencia de los milagros.
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